Pocas cosas son más emocionantes y motivadoras que reencontrarte en una ciudad ajena, con todos aquellos que fueron actores en la película inicial de tu vida. Es como reunir al elenco de “La Fiesta Inolvidable” para no prescindir del detrás de escena. Es decir, no dejar de ser nunca quienes fuimos. Y allí vamos.
El problema con el cerebro es que tiene espacio limitado. Y algo peor: selectivo. Funciona casi como el disco rígido de la computadora: permite almacenar mayor cantidad de datos de poco peso, pero a los apellidos complicados por ejemplo, la única forma de retenerlos es guardándolos en zip. Porque no se trata solo de acordarte que ese que estás viendo después de 40 años se llamaba “Fainzylberg”, también que era flaco, orejón, vivía a la vuelta de la iglesia y comía semillas de girasol.
Con el tiempo los recuerdos actuales van desplazando a los viejos, y cuando pensás en Fainzylberg solo te viene a la memoria el girasol.
Incluso pasa con los apellidos comunes, y en estos casos es peor. Uno sabe que era fácil, que ocupan gran cantidad de hojas en la guía telefónica, pero... ¿era López, García o Sanchez? Y ahí viene otro conflicto: García vivía en la Avenida Italia y tenía un Ami 8, López en el barrio El Silencio y andaba en bicicleta, corremos el riesgo de adjudicarle un auto a Lopez y cambiar de casa a García.
Y de golpe te los encontrás en un lugar público, y un presentador oficial te dice “¿sabés quien es este? ¡El Tati!” y vos ponés tu mejor sonrisa mientras pasas por la memoria y a velocidad de rayo cuantos apellidos en Ceres llevaban el apodo “Tati” adelante, y con ese dato tratar de ubicar una reminiscencia que encaje en esa cara.
Sin embargo, la vida es piadosa. La incomodidad de no recordar ni que te recuerden queda olvidada (vaya paradoja) cuando el dato menor va completándose y la película se proyecta esta vez casi íntegra, en la pantalla del cerebro. Entonces sí todo es festejo.
La recuperación de la información es la que llena de magia al acontecimiento. Y allí estuvimos, retrocediendo cuarenta años y sintiendo que en ese momento, todas las respuestas del mundo dependían de la buena memoria de un puñado de amigos.
Por eso, la invitación es para que quienes no estuvieron se sientan presentes. A ponerle nombres a las caras que aquí aparecen. En definitiva, a acordarse de no olvidar.















